¿PORQUÉ ME DEJÉ VER LOS CUCOS ANTES DE TIRARME POR EL RODADERO?

Siempre me pasa. Creo que es porque me salté el preescolar: por alguna razón llegue a primero de primaria sin haber pasado por el kínder. Me puse mi jardinera nueva muy ilusionada y mi papá me llevo al colegio (en nuestro automóvil familiar: un Renault 4 modelo 81).

A la hora del recreo salimos todas a jugar y por supuesto que la atracción principal para mí era el rodadero. Inexpertamente me subí y estando en la cúspide me senté y abrí las piernas para rodarme con todas las de la ley, y resulta que las que me esperaban de abajo gritaron “¡SON BLANCOS!”. Igual me rodé muerta de la risa, y nos fuimos de ahí todas juntas para los columpios.

En ese momento me di cuenta de que las que venían desde preescolar ya eran expertas en el tema, y llevaban lo que comúnmente conocemos como “bicicletero” (para los que no entienden: es un pantaloncito corto y apretado que usan las niñas bajo la falda para evitar mostrar sus calzones). A ellas ya les había pasado pero aprendieron antes de entrar al dificultoso mundo de la primaria que uno no debe dejarse ver los cucos, y menos desde antes de tirarse por el rodadero. Que en el peor de los casos, si a usted se le olvidó ponerse el bicicletero por la mañana, debe subir, acomodarse la falda, y ahí si tirarse, de modo que los cucos no se le ven sino hasta que usted está allá abajo, cuando ya ha vivido la mágica experiencia.

Empiezo una relación nueva y abro el corazón sin ningún tapujo, creyendo que conozco perfectamente en lo que me estoy metiendo, como si el hecho de haber pasado por tantos corazones me diera la destreza suficiente para andar sin el bicicletero puesto y moverme tan diestramente que los cucos no se me van a ver sino hasta el final, o en otros casos creyendo que si me los dejo ver desde el principio el personaje también se dejará ver sus calzoncillos. Pero eso no es así! LOS DESGRACIADOS NO USAN FALDA! Tienen siempre los pantalones bien puestos, y el cinturón además complementa el sistema de seguridad, de manera que el corazón de ellos quede siempre a salvo.

Entonces conozco a este tipo, y lo digo sinceramente: yo andaba entusada, y mi plan era utilizarlo para olvidarme del anterior, pues siempre he creído que un buen clavo saca a otro, uno malo entierra mas al que está enterrado, y en este caso parecía ser uno de los buenos.

Empiezo a salir con él y me metí en esta relación sin intenciones de formalizar, el tipo me planteó desde el principio que ponerle título a estas cosas siempre acaba con todo (y estoy de acuerdo), así que, si ni siquiera iba a tirarme por el rodadero sino solo a dar una vuelta por el parque, decidí deliberadamente irme sin el bicicletero puesto.

Pero de pronto empieza a invitarme a sus eventos familiares, a hacer visita en mi casa (lo cual implica necesariamente horas de conversación con mi papá) y tres semanas después me dice: ¿Quieres ser mi novia? Pffffff!!!!! Casi me voy de… y ya no me podía devolver a ponerme el bicicletero! Devolverme significaba que si iba al parque otra vez, ya no era con él. Entonces creyendo inocente que era lo suficientemente diestra para subirme al rodadero, darle un buen manejo a la falda, y coronar la aventura de manera que no se me vieran los cucos sino hasta el final, le dije que sí: que quería ser su novia. No sé porqué creí erradamente en ese momento que eso significaba que el tipo se estaba dejando ver un pedacito del caucho de los calzoncillos, creo que lo confundí con una mancha de decol que tenía en la camiseta (a la próxima acuérdenme que además de ponerme el bicicletero tengo que andar con gafas).

Y aquí viene la parte dura: el autoconocimiento. De donde saqué yo que mis experiencias me han dado la destreza para no dejarme ver los cucos y manejar bien la falda? Me sorprendí inmensamente cuando tres meses después estaba súper enamorada, y no solo eso sino que él lo tenía clarísimo! Me gritaba desde abajo: ¡SON BLANCOS! ¡SON BLANCOS! Y me lo repetía sin cesar, y con eso acabé con toda la magia que podía haber en la relación porque ya él había perdido cualquier interés que pudiera tener en conquistarme.

Me doy cuenta entonces, ya de vieja, de que nunca voy a tener esa destreza que tienen algunas mujeres para manejar la falda, porque es que me salté el preescolar, y no puedo andar por ahí sin bicicletero (que si puedo tengo hasta que dormir con esa vaina puesta), que esa nunca será mi fortaleza, y lo más triste del cuento: los hombres no son como las amigas que después de gritar “¡SON BLANCOS, SON BLANCOS!”, uno llega allá abajo y en medio de las risas ellas siguen siendo amigas y salen todas juntitas para los columpios como si nada. Los hombres después de gritarlo pierden el interés y dando la espalda se devuelven a la casa, probablemente a buscar en su directorio telefónico para ver a quien más llaman para llevarla al parque y mirar a ver si corren con suerte y se encuentran a otra pendeja que también se deje ver los cucos.

POR: AVENTURERA

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