CAMBIO ZAPATOS ALTOS POR HOMBRE SENSATO

Los tacones altos convierten todo en un evento, y mientras más centímetros tengan y más reducido sea su diámetro, nos hacen ver más bonitas. Bueno, y si usted es como yo: chichón de piso, terminan siendo un accesorio vital, no para verme más bonita, sino para verme.

Entonces cuando descubrí los tacones tenía trece años. Eran negros, de amarrar, anchos en la punta y con costuras blancas. Conocidos en el mercado como “zapatos de bruja”, tendrían cinco centímetros de tacón a lo mucho, y una plataforma delantera de un centímetro, más o menos. Al diámetro del tacón le pongo… tres centímetros. Hoy los describo y son ¡papitas! Pero en esos días con mis amigas, porque todas teníamos los mismos zapatos, los apodamos “los ampolleros”, caminar con ellos desde la entrada de mi cuarto hasta la puerta de la casa aeguraba tener ampollas toda la semana. Íbamos a cine con los ampolleros, a comer helado con los ampolleros, a las minitecas a bailar con los ampolleros.

Aprendimos a vivir la vida subidas en nuestros ampolleros, que fueron además un consuelo muy tierno y alentador, cuando después de nuestra primera menstruación, entendimos que a lo mucho creceríamos un par de centímetros más.

Aprendí también a tirarlos contra la puerta de mi cuarto mientras lloraba descargando toda mi rabia, porque mi primer novio tenía dos novias al mismo tiempo. Y yo, sin siquiera haberle dado un beso, creía ingenuamente que me casaría con él. Todo mi plan de vida se derrumbaba frente a mis ojos… a los trece años. No entendía porqué iba a buscar algo más, si yo lo tenía todo, y además andaba en tacones. Pero ahí tenía mis ampolleros para estampillarlos con toda mi fuerza contra la puerta, las paredes y todo lo que se atravesara, incluso mi hermanito. Y a los diecisiete lo entendí: yo me había cortado el pelo sobre los hombros, y esa es otra de las exigencias del básico cerebro masculino: el pelo largo. Pero ese será tema de otro día. El caso es que él me cambió por una rubia de larga cabellera que medía diez centímetros más que yo, y arriba de sus tacones medía diez centímetros más que él.

El pelo creció y la destreza arriba de los tacones también. Ya no tengo ampollas,sino apenas unos cayitos desgraciaditos, a parte que un día de estos el juanete de mi pie izquierdo va a gritarme: "o te bajas de esa mierda o no doy un paso más". El juanete del pie derecho es más amable: me tortura silenciosamente.

Y así se acostumbra uno a vivir su vida arriba de alguna cosa que ayude a que los demás lo vean, en absoluta conciencia de que otra parte de si mismo se está dañando casi irreparablemente, pero satisfaciendo a esa amiga que adoro que me acompañe a todos lados: la vanidad.

Que aquí entre nos, la vanidad me permitió no ir a llorar frente a ese niño de trece años que tenía dos novias, porque es que llorando me veo realmente horrible. Además, que las niñas grandes no lloran. Entonces la vanidad así ha hecho mil jugadas que le han dado puntos a mi dignidad, y otras cositas.

Y bueno, me gustaría creer entonces que es por vanidad y no por necesidad que caminamos embarazos enteros en tacones, amamantamos en tacones, llegamos todos los días a la oficina a cumplir jornadas de por lo menos diez horas diarias en tacones. Coqueteamos en tacones y los mandamos a freír espárragos en tacones también.

Los hombres, por el contrario, sacrifican lo que sea por la comodidad, incluso a la mujer perfecta. Han dejado últimamente hasta ese accesorio fálico, uno de los pocos que usaban que los hacía ver tan sexys: la corbata. Y la han dejado básicamente porque para lucirla, tienen que ponerse unos zapatos un poco más exigentes que los tenis del diario, y los flojos no soportan siquiera eso. Así que llegas a sus lugares de trabajo y los encuentras en una mesa inmensa centrada en una oficina divina con vista a una avenida movidísima, sentados en sillas forradas en cuero muy cómodas con abrazaderas a los lados ¡en camiseta de algodón, jeans y unos cagados tenis! mientras una llega fajada, maquillada, alisada, y por supuesto: entaconada, con quince centímetros debajo de los pies, que en esta sociedad básica y superflua, probablemente me aseguren el éxito de una negociación.

Y algunos (por no decir la mayoría) de estos crétinos, debiluchos, pobres de espíritu, nunca, oiga: nunca! Van a ceder siquiera algo tan simple como la cochina silla del bus. Igualdad de género aluden los desgraciados. Pero yo creo que eso deben argumentarlo cuando nos miren igual en esa mesa con el pelo corto, sin maquillaje, sin tacones, sin formas en la cintura, y no solo me den el contrato, sino que me paguen lo mismo que al pendejo de los tenis.

Ahora, la mesa de la que hablábamos no es nada si remplazamos la dulce negociación por la nefasta imposición, y yo adoro mis tacones. Y a los hombres les gustan también. Entonces, si quieren seguirnos viendo con ellos puestos equilibremos realmente las cargas: cédannos la silla en el bus. Paguen la cuenta que no vale ni la tercera parte de lo que cuestan los tacones (sin contar lo que pagamos por la peluquería, por tener la piel como el duraznito más suave para que pase por sus carrasposas manos, por estar en forma, y por un vestido perfecto y distinto para cada evento). Bajen la escalera delante de la chica de los tacos por si se cae de semejantes alturas. Ábrannos la puerta del carro para que no nos enredemos mientras tratamos de bajarnos de ahí.

No es tradicionalismo, es que realmente ¡realmente! Necesitamos un equilibrio. Por mí cualquiera de los dos está bien (aunque si me dejan quedarme los tacones sería más feliz): o nos quieren viéndonos físicamente parecidas a ellos, o nos ayudan a vernos bien. Entonces, estoy dispuesta a los cambios y además propongo alternativas, pero pretender que podemos hacerlo todo en tacones de aguja, es utopía... falacia... utopía... falacia... utopía.

POR: AVENTURERA

Comentarios

  1. De acuerdo!!! además, que dejen esa morbosería y que vuelva los alagos, la mirada decente. Y no que siga persistiendo la cogida de nalga de un imbecil que va en una cicla saca la mano y "huyyyyyyy mami que rico"..(ojalá la madresita los viera), o el de los priropos cochinos como el " huy cómo esta de buena para comersela"..cretinos!. Eso sí hago la Salvedad he concocido Verdaderos Caballeros que te hacen sentir la musa de la belleza cómo "Adios bella flor del campo" . Por que creen que ahora poco salimos en minifalda? por el frio? pufff eso son papitas para nosostras después de haber sentido la depilación en cera..jeje. Por que no falta, no falta..o que tal la del Taxy con el espejo MIRACUCO ubicado estratégicamente en el vidrio frontal a mano izquierda del conductor.Colaboren pues ..Caballeros?

    ResponderEliminar
  2. caballeros quedamos pocos, ALGUNAS (y hago énfasis en el algunas para que no digan que generalizo)nos han ayudado a exterminar

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

¡TU OPINIÓN ES MUY IMPORTANTE! INSERTA AQUÍ TU COMENTARIO

Entradas populares de este blog

YO TE AVISO

MI DEPRESIÓN Y YO

¿PORQUÉ ME DEJÉ VER LOS CUCOS ANTES DE TIRARME POR EL RODADERO?

VALÓRATE UN POCO

YO NO ME HARÍA LA KERATINA