DIOS Y EL FÚTBOL ME TRASTORNAN
Hay muchas cosas que me hacen cuestionarme la existencia de dios pero, imagino que por la influencia que tiene en la idiosincrasia de este país, la combinación entre él y el fútbol me trastorna especialmente.
No quiero enfrascarme en frases sexistas como “veintidós guevones corriendo detrás de una pelota”, porque no me incumbe, y además hago mi mejor esfuerzo porque no sea mi estilo. De hecho no creo que sea así y mas bien mi ignorancia en el tema es la que no me permite apreciar un deporte de tan altos menesteres que logra unir naciones enteras.
La verdad es que, aunque fui defensa del equipo de fútbol femenino en la universidad, poco sé del tema y por esa razón no podría juzgar el intelecto de quien lo aprecia. Imagino que pasé por ahí como las reinas de belleza: concursan dando lo mejor de ellas, pero poco saben de la paz mundial (una virtud casi igual de inexistente al cerebro de la mayoría).
Entonces la cosa es que yo no puedo criticar a las personas que ven fútbol, porque como no sé de eso, no puedo hacer una apreciación objetiva sobre los ingredientes que pueden causar placer y displacer intelectual. De hecho, estoy rodeada de gente a quien admiro mucho y que a su vez gustan especialmente de este deporte.
El caso es que uno va atando cabos y nota la interrelación tan fuerte que existe entre el fútbol (y en general toda relación que genere competencia) y las religiones, y ahí empiezan las preguntas, a ver si algún día alguien me las responde:
- ¿El que reza más es el que gana?
- Si el equipo es budista ¿a quien debe elevarse formalmente la solicitud para que la pelota entre en el arco? O en ese caso ¿lleva las de ganar un equipo por ejemplo católico o musulmán que sí tiene dios que le ayude?
- Para que uno gane, obvio, otro pierde, entonces el que pierde, ¿es porque rezó menos? O ¿es un castigo de dios? Y si no tiene dios ¿simplemente era malito?
- Pensar que las cosas salen como dios quiera, después de perder, ¿es un consuelo de la fe? O podría considerarse como un impulso a la mediocridad…
- ¿Sera justo un dios que quiera que pierdan unos y ganen otros?
- ¿Si dios quiere que los dos pierdan como le hace?
- Si así fuera, ¿él quiere que pierdan los que no creen en él? O será que en el ejercicio de su soberanía ¿solo castiga a los que si creen? O tal vez no es un castigo porque ¿perder es ganar un poco?
- Aprovecharse de un deporte en el que se involucra a todo un territorio nacional ¿será un campo decente para aprovechar y castigar a un individuo?
- ¿Eso no lo convertiría en una entidad parcializada?
- Si mi equipo gana, ¿debo darle gracias a dios? O a los jugadores que lo hicieron bien...
- Si mi equipo pierde, digamos que porque dios cree que es mejor así, probablemente quiere darme una lección, de paciencia, por ejemplo. Entonces, ¿los del otro equipo deberían agradecerle el triunfo? o tal vez no, porque si lo bueno en esta ocasión era perder…
- ¿Dios quiere más al equipo ganador? O al perdedor porque fue a ese al que le dio la lección…
Ay… me confundo… Dios y los deportes son de esas combinaciones que matan mis leves expectativas de fe.
Ahora, ¿qué me dicen ustedes de eso de los equipos? Aferrarse a uno o a otro con el paso de los años, que cambian cada ocho días de director técnico, diferentes jugadores todo el tiempo, diferente uniforme… diferente TODO. ¿Alguien puede explicármelo? ¿A qué me aferro realmente? Porque el cuento territorial es lo mas primitivo que existe… entonces esa para mi no es una buena razón.
El sentido de pertenencia del ser humano está tan tergiversado como su historia. Las fronteras determinan si le hago fuerza a un equipo o a otro (fronteras todas logradas en medio de guerras que hoy nos saben a cacho), y resulta que yo nací en un país, crecí en otro y mi pasaporte es de otro más. Entonces conmigo ese truquito de la camiseta tampoco funciona. Que gane el mejor, o en su defecto el que meta más goles, porque "‘voh sabés’: el fútbol es un deporte de resultados…”
Pero hay algo que ya tengo casi que científicamente comprobado. Una teoría que ha venido corroborándose en las últimas dos semanas, y es que hubo dos tardes en las que me senté a trabajar en mi escritorio y el teléfono no sonó, el mail permaneció intacto, no hubo clientes reclamando impertinencias, y el trabajo rindió lo que no rendía hace mucho. Así que llegué a una conclusión primera: la gente que no deja trabajar es la misma que ve fútbol.
En octubre les cuento si continúa encontrando basamento mi conclusión, o si algún adicto al fútbol es capaz de sacrificar el partido por venir a inquietar mi jornada laboral.
Ahora, si el próximo partido de Colombia es en fin de semana, no esperen conclusiones de ningún tipo, porque no me lo pierdo.
POR: AVENTURERA
No quiero enfrascarme en frases sexistas como “veintidós guevones corriendo detrás de una pelota”, porque no me incumbe, y además hago mi mejor esfuerzo porque no sea mi estilo. De hecho no creo que sea así y mas bien mi ignorancia en el tema es la que no me permite apreciar un deporte de tan altos menesteres que logra unir naciones enteras.
La verdad es que, aunque fui defensa del equipo de fútbol femenino en la universidad, poco sé del tema y por esa razón no podría juzgar el intelecto de quien lo aprecia. Imagino que pasé por ahí como las reinas de belleza: concursan dando lo mejor de ellas, pero poco saben de la paz mundial (una virtud casi igual de inexistente al cerebro de la mayoría).
Entonces la cosa es que yo no puedo criticar a las personas que ven fútbol, porque como no sé de eso, no puedo hacer una apreciación objetiva sobre los ingredientes que pueden causar placer y displacer intelectual. De hecho, estoy rodeada de gente a quien admiro mucho y que a su vez gustan especialmente de este deporte.
El caso es que uno va atando cabos y nota la interrelación tan fuerte que existe entre el fútbol (y en general toda relación que genere competencia) y las religiones, y ahí empiezan las preguntas, a ver si algún día alguien me las responde:
- ¿El que reza más es el que gana?
- Si el equipo es budista ¿a quien debe elevarse formalmente la solicitud para que la pelota entre en el arco? O en ese caso ¿lleva las de ganar un equipo por ejemplo católico o musulmán que sí tiene dios que le ayude?
- Para que uno gane, obvio, otro pierde, entonces el que pierde, ¿es porque rezó menos? O ¿es un castigo de dios? Y si no tiene dios ¿simplemente era malito?
- Pensar que las cosas salen como dios quiera, después de perder, ¿es un consuelo de la fe? O podría considerarse como un impulso a la mediocridad…
- ¿Sera justo un dios que quiera que pierdan unos y ganen otros?
- ¿Si dios quiere que los dos pierdan como le hace?
- Si así fuera, ¿él quiere que pierdan los que no creen en él? O será que en el ejercicio de su soberanía ¿solo castiga a los que si creen? O tal vez no es un castigo porque ¿perder es ganar un poco?
- Aprovecharse de un deporte en el que se involucra a todo un territorio nacional ¿será un campo decente para aprovechar y castigar a un individuo?
- ¿Eso no lo convertiría en una entidad parcializada?
- Si mi equipo gana, ¿debo darle gracias a dios? O a los jugadores que lo hicieron bien...
- Si mi equipo pierde, digamos que porque dios cree que es mejor así, probablemente quiere darme una lección, de paciencia, por ejemplo. Entonces, ¿los del otro equipo deberían agradecerle el triunfo? o tal vez no, porque si lo bueno en esta ocasión era perder…
- ¿Dios quiere más al equipo ganador? O al perdedor porque fue a ese al que le dio la lección…
Ay… me confundo… Dios y los deportes son de esas combinaciones que matan mis leves expectativas de fe.
Ahora, ¿qué me dicen ustedes de eso de los equipos? Aferrarse a uno o a otro con el paso de los años, que cambian cada ocho días de director técnico, diferentes jugadores todo el tiempo, diferente uniforme… diferente TODO. ¿Alguien puede explicármelo? ¿A qué me aferro realmente? Porque el cuento territorial es lo mas primitivo que existe… entonces esa para mi no es una buena razón.
El sentido de pertenencia del ser humano está tan tergiversado como su historia. Las fronteras determinan si le hago fuerza a un equipo o a otro (fronteras todas logradas en medio de guerras que hoy nos saben a cacho), y resulta que yo nací en un país, crecí en otro y mi pasaporte es de otro más. Entonces conmigo ese truquito de la camiseta tampoco funciona. Que gane el mejor, o en su defecto el que meta más goles, porque "‘voh sabés’: el fútbol es un deporte de resultados…”
Pero hay algo que ya tengo casi que científicamente comprobado. Una teoría que ha venido corroborándose en las últimas dos semanas, y es que hubo dos tardes en las que me senté a trabajar en mi escritorio y el teléfono no sonó, el mail permaneció intacto, no hubo clientes reclamando impertinencias, y el trabajo rindió lo que no rendía hace mucho. Así que llegué a una conclusión primera: la gente que no deja trabajar es la misma que ve fútbol.
En octubre les cuento si continúa encontrando basamento mi conclusión, o si algún adicto al fútbol es capaz de sacrificar el partido por venir a inquietar mi jornada laboral.
Ahora, si el próximo partido de Colombia es en fin de semana, no esperen conclusiones de ningún tipo, porque no me lo pierdo.
POR: AVENTURERA
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